MI MAMA II


Mi mamá II
Cuando regresamos de Valsequillo, mi papá no se porqué razón se fue a E.U. a (como dirían en Tabasco)… a buscar la vida.  Y nos dejó en casa de mi abuelita, para variar, pues allí siempre fuimos muy bien recibidos.

En 1947, yo con 9 años de edad, me enfermé de fiebre reumática, como ya les he platicado.
Como Gustavo también se enfermó… (que más bien lo “enfermó” un doctor en Pemex).  Ya no era posible que en una misma casa hubieran dos niños enfermos en tan mal plan.  (como dirían mis hijas)  Nos fuimos a casa de mi tío Tomás.  Y aunque éramos 5, él y Lucha nos acogieron con mucha amistad y cariño.

Cuando finalmente Tomás consiguió una cama para mi en el Hospital Infantil, mi mamá no dejó de ir a visitarme un solo día y como tenía otros 3 niños, se los llevaba con ella, los dejaba encargados con una señora que creo tenía una tiendita a quien ya conocía, pues ellos no podían entrar al hospital, como es bien sabido.

Entonces, de verdad para mi era un gusto tremendo ver a mi mamá llegar en cuanto era la hora de visita, siempre muy bien arreglada y muy positiva en todos los aspectos.  Sólo dejó de ir, cuando iba Pepis o Chelo a visitarme.  Debo decir que un día llegó Chelo con un gran, pero gran globo rojo para mi, el cual estuvo colgado siempre en una de las esquinas de mi cama.

A mi mamá no se le cerraba el mundo y aunque para ella era un verdadero sacrificio ir a verme, siempre lo hizo y como dice el primo Carlitos, con una sonisa.

Cuando años después me operaron de la apéndice y desperté con mucho dolor, volteé y vi a mi mamá, sentada y tejiendo.  No me quejé ni nada, pero el dolor se me quitó y solo de verla allí, tan en paz con su tejido, sentí mucha paz y me volví a dormir.

Eso es lo que era mi mamá… siempre para uno, que aunque en ese momento ya éramos 6, todos contábamos con ella.  Y si, tenía un carácter fuerte, pero era bondadosa y siempre platicadora, alegre como dice la primita Chata, con un consejo, con una buena palabra, con un chiste, en fin… y como dice Chato, a  él le decía “cejas de azotador”… eso lo recuerdo muy bien y agrega, siempre me recibía con mis tripas de gelatina.  Eso era ella.

Como cuando les platico que de camino a Empalme, Son.  El  tren se descarriló y sin pensarlo, se fue a caminar junto con otra señora que iba en el tren con dos niños, a campo traviesa, atravesó un cerro hasta que encontró quien nos hiciera de comer.  Como una pájara que se va a correr peligros para conseguir un gusanito para sus crías que están piando de hambre.  Así ella, llegó con una gran cazuela de arroz y otra con caldo de gallina y la carne.    Puedo jurar que cuando las vi regresar, pues me había quedado cuidando a tres hermanos, Paco, Ana y Sara y a los otros dos niños de la compañera de viaje.  Me llegó la paz a la alma y cuando comimos, pues ni para qué les cuento.  Un agasajo en toda la extensión de la palabra.

Deseo para toda mi querida familia, un feliz fin de semana y espero venir mañana a seguir con mi relato.  Un abrazo fuerte y cariñoso para todos ustedes. 

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